Emisarios de Ilusión

De “ciudad de lodo” a comunidad resiliente


Resiliencia: capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos. Capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido” Real Academia Española.

28 de septiembre de 2017. Un día que marcó la vida de muchos de los que habitamos este pequeño valle conocido como El Guarco, más específicamente el pueblo de Tobosi y la pequeña pero no menos significativa comunidad de La Hacienda.

Déjenme volver atrás en el tiempo y revivir un momento en nuestras vidas que probablemente resonará en el corazón del recuerdo de muchos. Hace poco más de tres años mi esposo y yo teníamos planes de todo, menos de comprar casa. Luego de una visita al supermercado y con una paella en la mano para ir a almorzar, nos encontramos conociendo personajes cuyas historias nos trajeron al único lugar en Costa Rica que mi mapa mental no tenía registrado: Cartago. “Podría vivir en cualquier parte menos en Cartago”, le repetía constantemente a la gente. “Ahí no hay nada que hacer”, afirmaba como buena josefina. Lo que no sabía mi gran arrogancia era que en ese lugar, y aún “más adentro”, mi alma encontraría por fin el reposo que anhelaba y la familia extendida de un “barrio” que solo recordaba por las historias de mis abuelos.

El camino me pareció eterno, recordando solo “el cruce de Taras” como punto de referencia, pero llegar a la Lima y al Quijongo asemejaba el paseo de domingo de la niñez. Al doblar por la bomba, ya mi sentido de orientación estaba quebrado y la única guía era una señora que nos dictaba la dirección desde la parte de atrás del carro.

La manera cronológica y mental en que sucedió todo, no la recuerdo. Lo que si experimento hasta el día de hoy es el olor de las montañas, el vaivén de las ráfagas juguetonas, y la libertad y certeza inmediata de saber que “ahí” conquistaríamos la cima e izaríamos la bandera… habíamos llegado a casa.

Poco a poco el barrio se fue llenando de viviendas y las casas cobraron vida. La Hacienda no era un condominio cualquiera, aquí la gente se hablaba, se sabía los nombres de los vecinos, sus hijos (as) y hasta sus mascotas. Algunos se pasaban “el gallito” o se tomaban el café en las tardes, otros organizaban caminatas y se unían en grupos para hacer ejercicio para el cuerpo y para el alma. La Hacienda se había convertido en un verdadero hogar, que olía a hogar y a café recién chorreado.

Por eso el jueves 28 de septiembre marcó un hito en la historia de esta pintoresca comunidad. Ese día la furia ancestral del “dueño” del río, el indio Purires, volvió a resonar en la memoria de la tierra, con truenos y relámpagos y muchísima agua para inundar las tierras de Tobo, su archienemigo. A Purires se le olvidó que el perdón es el camino a la liberación y sin ningún reparo, revivió el pasado, llevándose a su paso todo lo que encontraba.

¡Cuánta inocencia en la naturaleza! ¡Cuánta desazón alrededor!

Atrapados en nuestras casas o en el carro sin poder entrar, fuimos testigos del retumbo de un caudal irreverente que entraba a nuestras casas sin pedir permiso. Nadie nos preparó para tal acontecimiento, nunca nos mencionaron al indio Purires ni su rencilla con Tobo, y muchos menos el nacimiento de la “ciudad de lodo”. Una tragedia de tal magnitud era inimaginable hasta ese momento y lo único que teníamos eran nuestros rezos, sobre todo el encuentro cara a cara con aquella virtud olvidada muchas veces: la humildad.

A las 5:00 p.m., con el sonido de las ambulancias disipándose en ecos lejanos, los habitantes del pueblo comenzaron a retornar a sus casas. Hubo llanto. Hubo rostros deformados por la consternación y también miedo y confusión. La humanidad encarnada hace estragos en momentos de sensibilidad y nos llena de múltiples emociones.

A eso de las 6: 00 p.m. y a “tientas” porque no teníamos electricidad, comenzamos a medir el alcance de lo sucedido. Recuerdo haber pensado con lágrimas en los ojos que nos tomaría años limpiar el desastre, mientras que las imágenes de la película de ese primer día llegando a casa, pasaban una y otra vez por mi cabeza.

Las botas de hule se pusieron de moda y del amanecer al anochecer la pala, el pico, la escoba y el trapeador se habían convertido en nuestra mejor defensa. El llanto se convirtió en hermandad y la comida para alimentar al barrio —asemejando un jardín del Edén— comenzó a brotar en el corazón de los héroes anónimos.

Hombres, mujeres, niños (as) y ancianos (as) unidos en un solo corazón, sin distinción de posición social, profesión o vestido. El número de casa se volvió indiferente, transformándose en “puntos de encuentro” para el descanso del almuerzo o el café.

¡Gracias por las noticias exageradas! Gracias por lo bueno o lo aparentemente “malo” que nos muestra la Misericordia y Amor de un SER SUPREMO que sostiene todo y que de la manera más compasiva nos ayuda a despertar.

Gracias porque somos familia, porque como almas bondadosas nos apoyamos, desempeñando el rol que nos corresponde. Gracias por la solidaridad que nos lleva a crecer y a resurgir de la “destrucción” temporal. Gracias por las historias de cada uno (a) y por los corazones hermosos de los héroes anónimos cuya motivación es la pureza y el amor. Gracias porque hoy no somos los mismos (as) de ayer. Algo se orquestó ese 28 de septiembre de 2017, algo que ni siquiera el ruido de las sirenas ni el llanto, ni las noticias amarillistas, ni el lodo, ni la furia de las leyendas de antaño pudo opacar: la unión, el amor y la humildad.

En pocos días y muy a pesar de las “llenas”, nuestro paraíso ha retornado a su sutil armonía. Han vuelto las mariposas amarillas y los colibríes, han salido los niños (as) a las calles con su relajo infantil que alegra el corazón, han vuelto las mascotas a caminar, a sentir el pasto, a olisquearlo todo. Me gustaría decir que el esfuerzo fue mucho, pero en realidad, cuando miro atrás, solo veo una “mano” bondadosa sosteniéndolo TODO, susurrándome al oído que está bien, que somos amados y bendecidos.

A todos y todas las que sin ningún reparo entregamos todo para el bienestar común. A una comunidad que dejó la individualidad de sus casas para dar una palabra de aliento, un palazo al barro, una barrida al lodo, un vaso de agua al sediento y comida al hambriento. Todo aporte fue agradecido y atesorado y continuará resonando en la memoria celular de este, mi barrio, su barrio, nuestro hogar.

Autora: Nathalie Prado
Fotografía: Nathalie Prado
Noticias Mi Ciudad

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